Creciendo en el Amor de Dios
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Julio 10, 2026
Agosto 25, 2026
El lenguaje es poderoso—una de las herramientas más poderosas que tenemos a nuestra disposición. Por eso, las palabras que utilizamos importan tanto y el amor de Dios.
Dios fue el primero en utilizar las palabras; así fue como, mediante su palabra, dio existencia al mundo. Sin embargo, a todos nos resulta muy fácil caer en la trampa de creer que las palabras que empleamos no tienen mayor importancia. Nuestras palabras no solo afectan a quienes nos escuchan, sino que también reflejan quiénes somos como personas. Un lenguaje soez o unas palabras hirientes revelan mucho sobre nuestros valores y la forma en que tratamos a los demás.

Para apreciar el efecto que las palabras tienen en el bienestar de los demás, basta con recordar alguna ocasión en la que alguien nos dijo algo desagradable. Incluso años después, a la mayoría de las personas les resulta fácil rememorar el dolor que sintieron al ser insultadas o al recibir palabras hirientes. Por eso es tan importante cuidar las palabras que empleamos; lo que decimos sobre los demás puede destruir su reputación y su autoestima, aunque esa no haya sido nuestra intención.
En el extremo opuesto, las palabras también pueden ser una fuente maravillosa de ánimo, apoyo y afecto. Cuando usamos nuestras palabras para decirle a alguien que ha hecho un gran trabajo, que se ve bien hoy o que estamos orgullosos de esa persona, podemos marcar una diferencia enorme. Decirles a nuestros seres queridos que son inteligentes, amables, serviciales o generosos es una forma de enriquecer sus vidas y sacar lo mejor de ellos. ¡Tenemos el poder de hacer mucho bien cuando elegimos cuidadosamente nuestras palabras!
Como seres humanos, y especialmente como cristianos, tenemos tanto la obligación como la responsabilidad de elegir nuestras palabras con cuidado y sabiduría. Del mismo modo que, al reivindicar y abrazar el nombre de «cristiano», surge una responsabilidad asociada a dicha etiqueta, se espera un comportamiento determinado de quienes nos identificamos con ella.
Este mes escucharemos a Jesús plantear la importante pregunta, “¿Quién dice la gente que es el Hijo del Hombre?.” Los discípulos responden, “Unos dicen que Juan el Bautista; otros, Elías; y otros, Jeremías o alguno de los profetas.” Al oír esto, Jesús le hace a Pedro una de las preguntas más profundas que cada uno de nosotros debe afrontar a lo largo de su vida: “Pero ustedes, ¿quién dicen que soy yo?.”
La forma en que respondemos a esa pregunta es crucial y marca toda la diferencia, tal como sucedió con Pedro. Su respuesta al Señor fue: “Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios vivo.” La revelación que Pedro recibe por la gracia de Dios transforma su vida para siempre. Ante esta respuesta, Jesús confía a Pedro una gran responsabilidad: se le entregan las llaves del Reino de Dios.
Cuando reconocemos que Jesús es verdaderamente el Mesías, el Hijo del Dios vivo, el ungido de Dios, entonces nosotros también compartimos una responsabilidad increíble, tal como lo hizo Pedro. Al proclamar a Jesús como nuestro Señor y Salvador, asumimos la responsabilidad de mostrar a los demás cómo convertir esto en una profesión de fe. Esta profesión se manifiesta mejor a través de los nombres con los que nos llamamos mutuamente y de las palabras que utilizamos.
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